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Trump y el símbolo de poder del oro

1/8/16. Joe Weisenthal es conductor en Bloomberg TV y editor de
@markets, sección de la misma cadena especializada en mercados
financieros. Hace unos días publicó un artículo titulado “How Donald
Trump Changed My Mind About Gold” (“Cómo cambió Donald Trump mi
opinión sobre el oro”), en el que reconoció que las críticas que se le han
lanzado como “enemigo del oro” han sido correctas.

Y es que Weisenthal, a lo largo de los años, ha dicho cosas como que el
rey de los metales es una pésima divisa, una “roca” que no debería tener
“ningún valor”, que el amor por él es “primitivo e irracional”, etc.

Sin embargo, por increíble que parezca, ha cambiado de opinión a causa
de Trump.

¿Qué pasó? Que se dio cuenta de algo que mucha gente pasa por alto
pese a su obviedad: el metal precioso es un símbolo de riqueza, pero
sobre todo de poder.

Y no es que sea sólo un signo. El oro no es nada más una forma de dinero,
es EL DINERO por excelencia, su forma más acabada. No por nada la regla
dorada es: “quien tiene el oro, pone las reglas”.

Como divisa honesta, sólida y que no puede ser reproducida a voluntad
por los banqueros centrales –como sí las divisas de papel que ellos emiten
y nos imponen–, el oro es la antítesis del actual sistema monetario basado
en la deuda. No por nada es detestado por gobiernos, autoridades
monetarias y grandes banqueros privados que se han dedicado por
décadas a denostarlo.

Cómo no iban a hacerlo, si con el dinero de papel pueden inflar más de la
cuenta sus ganancias y el gasto público gracias al crédito desenfrenado.
Claro, cuando el castillo de naipes colapsa porque el crecimiento al infinito
de la deuda es imposible (siempre llega la hora de pagar), socializan las
pérdidas entre todos los contribuyentes. Un negocio redondo y perfecto.

Nada de eso pueden hacerlo mientras el oro funja como base del dinero,
pues como le digo, no puede crearse de la nada y sin límites. Les ata las
manos.

Lo odian, entonces, porque el rey de los metales es un símbolo de
LIBERTAD, de responsabilidad y contención en el gasto y el crédito, de
respeto a la propiedad privada y del mercado libre, todos elementos de los
que es preciso prescindir para cometer sus excesos.

El oro fue elevado al trono monetario por la vía más democrática que
existe: la del mercado. Nadie impuso por decisión “racional” ni por decreto
de ley la aceptación de los metales nobles como intermediarios generales
en los intercambios (dinero), y no obstante, han ocupado ese puesto en
diferentes lugares y momentos de la historia.

Los individuos actuantes –con sus transacciones comerciales– eligieron al
oro (y la plata) de manera libre, espontánea y natural luego de un largo
proceso de discriminación entre distintas formas de “dineros”. En el
camino lo fueron hojas de té, sal, ganado, cacao y más. Todos los caminos
siempre condujeron a los metales preciosos por sus propiedades y
características.

El ser humano tiene una conexión y fascinación especial por el oro que
ninguna autoridad podrá jamás eliminar.

Pues bien, parece que Weisenthal por fin se dio cuenta de esto gracias a la
galería fotográfica que su compañero Timothy O’Brien publicó hace poco
bajo el título “Donald Trump Loves Gold and Don’t You Forget It” (Donald
Trump ama al oro y no lo olvides). En ella, el autor muestra imágenes de
eventos de campaña, propiedades, fotos familiares, muebles, anuncios y
hasta del avión del candidato republicano. En todas aparece el oro.

Nada de esto es reciente. En realidad, Trump siempre ha querido que se
asocie su marca al metal amarillo, que ahora forma parte central en su
campaña.

Weisenthal destaca –recordando el libro de Peter L. Berstein The Power of
Gold: The History of an Obsession (El poder del oro: La historia de una
obsesión)– cómo reyes e imperios han perseguido al oro, y para ello han
recurrido incluso a complejas cadenas de suministro y al poder militar.
También recuerda que acumularlo y transportarlo en realidad es difícil,
costoso, riesgoso y que requiere de mucha protección.

En suma, admite Weisenthal, “el oro es una manifestación física y visual de
poder puro”. Por fin lo notó. En su opinión, Trump lo usa con ese propósito.

Aunque el editor de Bloomberg aún piensa que “no es lógico” usarlo como
respaldo monetario (aún le falta comprender esta parte), dice entender ya
de qué se trata la tenencia de oro –como mecanismo de poder–, y cómo
éste, es un ingrediente clave del valor de una divisa.

Así es. No por nada, China –la nueva superpotencia naciente– se ha
convertido ya en la máxima productora y acumuladora de oro del orbe.

Beijing tiene una política de promoción de la tenencia de ese metal entre
los chinos, y como le he mantenido aquí al tanto, quiere hacer de Shanghái
la ciudad protagonista en la determinación internacional de precios. Nadie
los podrá detener.

Toneladas y toneladas de lingotes abandonan cada día Occidente para
reubicarse en Asia. El oro nos da, pues, un mensaje claro de que el centro
de poder está cambiando en el mundo. Estados Unidos ya no es tan
grande como solía, y hace mucho que el dólar dejó de ser “tan bueno
como el oro”. El error de haber abandonado el dinero sólido lo pagará muy
caro. Quien le da la espalda al oro, pierde el poder.
Correos

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