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Oro: el último refugio del inversor

Cuando los inversores en Banco Popular amanecieron el pasado
7 de junio, les aguardaba una desagradable sorpresa. Sus títulos
no valían ya nada; su inversión se había evaporado. El valor de
las acciones del banco y de buena parte de sus bonos era cero.

Se trata, sin duda, de un caso extremo, pero que sirve para
plasmar que cada euro que un inversor destina a un activo
financiero está expuesto a un riesgo -mayor o menor en función
de cada inversión- de forma ineludible.

Es a partir de este tipo de planteamientos cuando se suele poner
más en valor los beneficios de la inversión en activos reales. Y,
entre ellos, el oro suele ser uno de los más socorridos cuando
las cosas se ponen feas en el mercado. Las recientes tensiones
geopolíticas entre Estados Unidos y Corea del Norte han dado
una nueva prueba de esto: en sólo tres días, el precio del metal
áureo ha remontado más de un 2% y se ha situado al borde de
los 1.300 dólares, su nivel más elevado en dos meses.

“El oro es una de las primeras visitas obligadas en tiempos de
preocupación de los inversores”, sostiene Nitesh Sha, analista
de ETF Securities, quien considera que “el continuo ruido de
sables entre las dos potencias nucleares podría elevar aún más
los precios del oro”.

El atractivo del oro en estos entornos es evidente. Al tratarse de
un activo físico y limitado -amén de otras características que
facilitan su papel como reserva de valor-, su precio está mucho
menos expuesto al arbitrio de las decisiones políticas, que sí
puede tener un efecto mucho más directo sobre divisas,
acciones o bonos.

“No hay más que pensar en lo que ha pasado en los últimos
años, en los que los bancos centrales se han lanzado a imprimir
dinero de forma masiva, lo que acaba restando valor al propio
dinero. Con el oro eso no puede ocurrir”, explica Javier Rillo,
director de Análisis de Ibercaja Gestión.

Ciertamente, a lo largo de la crisis, el oro ha dejado sobradas
muestras de su valor como refugio. Sólo en cuatro años, entre el
verano de 2007 y el de 2011, mientras el resto de mercados
zozobraban azotados por la tormenta financiera global, el precio
del metal precioso llegó casi a triplicarse.

Pero más recientes aún resultan las razones para la desconfianza
y es que, desde sus máximos históricos -registrados en agosto
de 2011-, el oro ha visto esfumarse más de un tercio de su valor,
lo que ha contribuido a relegar al oro a un papel secundario en el
kit de herramientas del inversor.

¿Puede ser el conflicto entre Estados Unidos y Corea del Norte
el detonante de un nuevo resurgir del oro? Los expertos son
poco optimistas al respecto: “Las tensiones geopolíticas
proporcionan en su mayoría un breve y temporal impulso a los
activos seguros como el oro o el crudo, principalmente mediante
la estimulación del sentimiento alcista, pero sin tener un impacto
significativo en el entorno de mercado prevalenciente”, observa
Norbert Rücker, responsable de análisis macroeconómico y de
materias primas de Julius Baer.

Y al margen de estas cuestiones, el panorama tampoco resulta
excesivamente alentador para las perspectivas del oro. De
hecho, según el consenso de analistas de FocusEconomics, el
precio del metal áureo se mantendrá hasta 2021 por debajo de
los 1.300 dólares que ya roza actualmente.

“El escenario global es de moderado repunte del crecimiento
sincronizado, con inflación baja. Al respecto hay que tener en
cuenta que el oro no es activo que funcione adecuadamente sin
inflación”, y las expectativas de que ésta aumente están
frenadas por la previsión de una disminución de los estímulos
monetarios por parte de los bancos centrales, señala Christophe
Donay, director de distribución de activos de Pictet WM.

A esto se suma que “esperamos que el dólar se fortalezca los
próximos seis meses (lo que está correlacionado con la bajada
del oro). Además hay que tener en cuenta que para el oro no hay
casi demanda industrial -a diferencia de otros metales preciosos-
y que no proporciona ingresos recurrentes”, añade Donay.

Y aún con todo, los expertos consideran que sería un error dar la
espalda al oro. “Es cierto que puede caer, como las acciones o
los bonos, pero es un activo ideal para diversificar las carteras
de inversión”, sostiene Jens Weidenbach, director general de
Degussa en España.

Como ha quedado patente en los últimos días, el oro es un activo
que se comporta bien cuando la mayor parte del mercado lo
hace mal. De ahí que pueda considerarse una especie de seguro
que permite compensar las pérdidas que generan el resto de
inversiones cuando el escenario torna sombrío.

Teniendo en cuenta estas características Rillo considera que un
inversor particular debería tener un mínimo de un 5% de su
cartera de inversión expuesto al oro.

Cómo invertir en oro
Para exponerse al oro el inversor tiene diversas vías. Para los ya
familiarizados con la inversión en bolsa, una vía especialmente
cómoda puede ser la compra de acciones de compañías mineras
dedicadas a la extracción de oro. Entre éstas, Rillo aconseja
buscar aquellas que tengan un coste de extracción más bajo, que
ofrezca un margen considerable de beneficios a los precios
actuales del metal.

La parte mala de esta opción es que la descorrelación con el
resto de activos financieros es mucho más reducida, ya que,
aunque enfocadas en el negocio del oro, se trata de acciones de
compañías cotizadas en bolsa.

Mayor diversificación ofrece la posibilidad de invertir en oro a
través de productos derivados, como los futuros, o de fondos
cotizados (ETP), que replican el comportamiento del oro.

Además, está la opción de la compra de la compra directa de oro
físico. En este sentido, en los últimos años han surgido opciones
como Lingoro o Degussa, que tratan de acercar al inversor
particular esta posibilidad de un modo asequible. Weidenbach
explica que, por ejemplo, en Degussa el inversor tiene la
posibilidad de adquirir oro físico desde 45 euros -lo que
supondría la compra de un gramo- e ir incrementando su
inversión progresivamente, sin plazos ni objetivos prefijados,
según su interés y disponibilidad.

A estas facilidades habría que añadir que la venta de oro físico
tiene un mercado bastante líquido, por lo que el inversor que
desee desprenderse de sus activos no suele encontrar
dificultades.

La parte negativa de la compra de oro físico es que, salvo que el
inversor quiera exponerse a guardar el metal en su propia casa,
suele conllevar unos costes de custodia, que pueden limitar su
atractivo.
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